Asia, Misceláneas, Tailandia

El fin de mi legalidad en Tailandia.

 

Burocráticas al por mayor.


 

De Bangkok a Mae Sai, vía Chiang Mai.


 

El día que se fueron Gabo y Luquitas, y después de bastante tiempo, me desayuné de qué día era: un poco antes de lo esperado, llegó el 1 de marzo. Mi vida en el sudeste asiático podría haber seguido por mucho tiempo sin tener ni idea del mismo, salvo por un pequeño detalle: al día siguiente, el 2, expiraba mi visa y con ella el goce de mi legalidad en Tailandia. Ante semejante nueva, siendo las 14hs. y con pasaje ya comprado para salir a las 18hs. desde Bangkok a Chiang Mai, en el norte de Tailandia, sólo tenía dos posibilidades: intentar renovar mi visa en menos de cuatro horas o hacerlo una vez llegado a Chiang Mai. La primera era una locura, no existían posibilidades físicas, psíquicas, ni tiempísticas de lograrlo. Como cuando le pegás de puntín para que suba el cordón del otro lado de la calle, pateé la piedra para Chiang Mai.

 

Tristeza, tras la ida de dos grandes amigos.

 

Seis de mis últimas 24 horas de legalidad en Tailandia ya se habían esfumado cuando pisamos la ciudad norteña, ex capital del país. Me quedaban 18, pero estaba arruinado. Los dos días anteriores y sus respectivas noches me habían dejado un saldo positivo de sólo 6 hs de sueño entre los dos y una alta densidad de alcohol en sangre, así que a pesar de haber dormido 12 hs de corrido en el colectivo (salvo por las 4 o 5 veces que el “my friend” acompañante del chofer me despertó sin razón alguna) seguía devastado. Apenas conseguimos nuestros nuevos hogares, nos tiramos a dormir.

 

Cabar y el saldo de dos largas noches Bankokianas.


 

Lu en Bangkok, con heridas de guerra de cuando se llevó puesto el cartel en Koh Phangan. Genia.

 

El despertador sonó a las 10 am. Rápido, me mandé al hostel de al lado a averiguar cómo renovar mi visa y, obviamente, como cada vez que se trata de una de estas burocráticas, ya era bastante tarde.

Otra vez dos posibilidades: mandarme al aeropuerto de Chiang Mai y renovarla por 7 días a cambio de 1900 Baht (más otros 160 por la ida y vuelta en tuc tuc) o hacer la heroica. La del aeropuerto era bastante cara y me obligaba a dejar Tailandia dentro de los próximos 7 días. La heroica era la heroica. Así que agarré mi mocha de mano, metí busito y babuchas y con eso y mis pasaportes me abalancé sobre el primer tuctuquero que vi. A cambio de la mitad de la plata que me pedía me llevó hasta la terminal de bondis, siempre acosado por un incesante pedido de más y más velocidad.

 

Tuc Tuc rumbo a la estación de Chiang Mai.

 

Ya tenía 60 Baht menos. Otros 165 me salió la ida a Mae Sai, pueblo limítrofe bien al norte. Y a la merma de liquidez se le sumó un nuevo problema: increíblemente, por lo menos para mí y mi nuevo amigo Kyle (un yankee californiano que viaja por el mundo y con quien compartí toda esta aventura después de conocerlo en mis mismas condiciones visísticas mientras hacía la fila de la estación de bondis), el paso fronterizo cerraba a las 18hs. No sé si viví 26 años en una nube de flatulencias friendly o qué, pero la verdad es que hasta hoy no me había imaginado que la frontera de un país a otro podía llegar a cerrar a las seis de la tarde, cuando para algunos, recién empieza el día.

 

Kyle, uno de los pocos yankees que no le dicen "América" a Estados Unidos.

 

Después de cuatro horas y media de curvas y contracurvas en subida y bajada, y con trece minutos de sobra, nos bajamos del bondi a tan sólo 5 km del puente más norteño de Tailandia, el mismo que me separaba de mis nuevos 90 días de visa. Del otro lado, la dictadura de Myanmar.

 

De izquierda a derecha: Myanmar, Tailandia.

 

Al grito de “Jerónimooooo” nos subimos a dos scooters que hicieron las veces de taxis hasta el puente fronterizo. De todas la maneras que se me pasaron por la cabeza, desde “faster, faster” hasta “like The Roadrunner please!” (sic sic), le pedí a mi motoquero que se apurara. Mi dedo, haciendo las veces de aguja marcaba el 120 del velocímetro, pero ésta nunca pasó de 80. Quedarnos de éste lado era la ruina, el fracaso. Adrenalina de aventura hacia lo desconocido devenida en un agónico y sumiso hundimiento en la turbia ilegalidad de un pueblo fronterizo, fantasma, de Tailandia.

 

Raude y velozmente...


 

...tampoco tan velozmente.


 

Pasaron 9 minutos, nos quedaban 4. A 240 segundos del meter la cola entre las patas, llegamos al puesto. Pasaportes de acá, identificaciones de allá, tarjetas de salida de Tailandia que después de 15 días no aparecían, documentos varios desparramados por el piso, policías que hablaban casi seis palabras de inglés, confusión que va confusión que viene, superamos el lado tailandés de la frontera, yo como un duque y Kyle sin que le cobraran los 2500 Baht (un poco más de U$S 90) de multa que le correspondían por haber vivido 5 días de ilegal.

Adiós por un día Tailandia, te voy a extrañar.

 

Un mercado callejero de Myanmar, desde arriba del puente.

 

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About ANDI

Cuando terminé la secundaria le dije a mi viejo que quería irme un año de viaje. "Estás en pedo!", replicó. Nueve años más tarde renuncié a mi trabajo, armé la mocha y empecé un blog. Hoy viajo por el mundo improvisando destinos, conociendo otras culturas, apasionado con la fotografía y abierto a nuevas experiencias y amigos. Hago lo que me place y lo comparto con todos. Y como como quiero vivir de eso, he aquí TrancaroLa poR el muNdo.

3 Responses to “El fin de mi legalidad en Tailandia.”

  1. On July 4, 2012 at 04:13 Nico responded with... #

    El comentario de “Like The RoadRunner , please! ” no tiene desperdicio jajaja !

  2. On July 16, 2012 at 00:53 Lore Prado responded with... #

    JuAS! me divertí mucho con este post ( porque te salió bien!!! ajajaj )

    Sigo buscando post de Tai x el blog !!!

    Lore

  3. On August 19, 2014 at 22:59 Kermit responded with... #

    Feel free to surf to my web site; web site (Kermit)

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